Cómo recuperar nuestros pueblos

Cuando nos desplazamos en coche por nuestras carreteras, nos acongoja ver cientos de pequeñas poblaciones abandonadas o, en el mejor de los casos, semiabandonadas, a veces rodeadas por grandes extensiones de cultivos, pero otras por páramos desiertos o cubiertos de pobre matorral y de algunos árboles desperdigados. A las poblaciones más afortunadas se puede acceder mediante un pequeño desvío, a menudo de tierra y mal señalizado. Si visitamos, por ejemplo, la que parece ser una gran iglesia de la época plateresca o una ermita, nos sorprende el silencio de sus calles, las verjas y puertas cerradas, incluso el gran portón de la misma iglesia, con los goznes oxidados y cerrado por un candado, y si salimos del automóvil nos extraña no encontrar un alma. Sabemos, eso si, que el pueblo no está absolutamente abandonado, al menos todavía. Las cortinas de algunas casas, el humo de sus chimeneas y el ladrido de algún perro, nervioso por haber notado la llegada del forastero, lo delata.

El abandono de nuestros pueblos posiblemente tiene mucho que ver con la mecanización del campo, junto el vitalismo en aumento de las capitales de comarca o de las poblaciones que por su peculiaridad geográfica se han convertido en nudos de comunicación. Y también el actual sistema de economía agrícola, que promueve el monocultivo y la cría intensiva de ganado, en cambio de una agricultura de mosaico, mucho más adaptada al medio ambiente y a la biodiversidad del país.
El mundo agrícola no es ajeno a las nuevas tecnologías y a la robotización, y seguramente parte de las ayudas para su recuperación vayan destinadas a ello, pera hacer más productivos la tierra y el trabajo del agricultor. Debido a eso, la recuperación de la agricultura de mosaico solo facilitará en parte la recuperación humana de nuestros pueblos, y sin ella será muy difícil que nuevas generaciones de agricultores y de ganaderos se asienten en ellos.

Hemos de encontrar nuevas manera de revivir nuestros pequeños pueblos. Y nos preguntamos hasta qué punto se podría facilitar que los pensionistas sin ninguna dependencia habitasen esos pueblos, al menos los que todavía no han sido abandonados por completo.
Las casas y el terreno son baratos, la rehabilitación de las mismas no representaría un gran esfuerzo económico, y serviría para reducir el desempleo en la construcción. La calidad de vida de nuestros pensionistas aumentaría gracias a facilitarles las condiciones necesarias para mantener huertos y corrales, que podrían ser comunitarios. Debido el tamaño de las casas, podrían disponer de habitaciones de invitados, amuebladas y rehabilitadas por ellos mismos o por sus hijos y nietos, para sus visitas.
Prácticamente todos los gobiernos europeos buscan el modo de prolongar nuestra vida laboral, unos hablan de mantenerla hasta 67 años, mientras que otros ya proponen que llegue a los 70, y todos coinciden en que el sistema de bienestar con respecto a las pensiones no es sostenible. Dejando de lado esta más que dudosa afirmación, provocada en cualquier caso por un sistema económico y productivo que promueve y defiende a la gran empresa, que es la que menos beneficio real aporta a la sociedad, tanto social como económicamente, no hay duda que en general nuestros pensionistas no solo gozan de buena salud sino también que su esperanza de vida ha aumentado considerablemente.
Y tampoco podemos aceptar de buenas a primeras la ridícula excusa del aumento de dependientes, ya que si por un lado ha aumentado el número de nuestros pensionistas, también ha disminuido, quizá aún más, el número de niños y adolescentes, es decir los dependientes en su primera etapa de vida y en período de aprendizaje, que no hay que ser muy listos para ver que consumen más recursos que nuestros pensionistas.
Nos encontramos, pues, con un aumento de personas no productivas en la última fase de su vida, que actualmente está entre los veinticinco y los treinta años, seguramente más si nos atenemos a los avances en la sanidad, junto a una disminución de las productivas en general, y de las improductivas en la primera fase de su vida; pero también con una revolución tecnológica y globalizadora que ha reducido radicalmente las horas de trabajo y aumentado la producción.
Es decir, que en un escenario en el que cada día será más difícil encontrar trabajo y que este necesitará mucha preparación tecnológica y de movilidad, alargar la vida laboral como pretenden nuestros gobiernos, cuanto menos es una estupidez. Pero también lo es pretender que nuestros jóvenes vuelvan a esos pequeños pueblos medio deshabitados, en los que poco futuro laboral van a encontrar y, aún menos, un salario digno que pueda satisfacer la demanda de una nueva familia.

La capacidad de trabajo de nuestros pensionistas es muy importante, bastante más de lo que podemos imaginar, y bien gestionada y dirigida por ellos mismos podría servir para revitalizar esas pequeñas poblaciones y su entorno, generar un nuevo modelo de riqueza mucho más amable para la sociedad en general y respetuosa con el medio ambiente. A cambio de un aumento de la pensión, nuestros pensionistas podrían regentar y mantener granjas temáticas, y parques botánicos con las especies propias del territorio, tanto para nuestros escolares como para una sociedad urbana, cada día más alejada del medio rural. Regentar también pequeñas casas rurales, talleres de artesanía, etc. Empresas y trabajos que no generan el suficiente beneficio para mantener una familia, pero que son indispensables para la supervivencia de esos pueblos y del equilibrio medioambiental de su entorno, y para generar o recuperar unas fuentes de riqueza que por pequeñas que parezcan, el ahorro que puede representar a la sociedad puede ser muy importante.

Y tampoco podemos olvidar que gracias a la regeneración de las pequeñas poblaciones se crearían nuevas fuentes de negocio y de trabajo, primero en servicios y más adelante se montarían pequeñas industrias a su alrededor para explotar los bienes naturales recuperados, con la posibilidad de crear una nueva fuente de turismo rural más sano y diversificado que el actual, con nuevas reservas naturales que servirían para descongestionar las pocas que hoy tenemos, y centros de estudios de la naturaleza y para la recuperación de las especies autóctonas.

One thought on “Cómo recuperar nuestros pueblos”

  1. Creo que no hay que apartar de esta idea a los jovenes. Hoy en día, criar hijos en ciudades dentro del sistema laboral esclavista actual, es muy dificil e insatisfactorio, tanto a nivel personal como económico. ¿por que no bajar el nivel de necesidades minimas creadas artificialmente y disfrutar de menos cosas pero de más libertad y satisfacción? Criar los hijos en un pueblo dedicado a quehaceres de subsistencia es una opción real y mucho mejor que criarlos sobreexcitados, sobrecargados y sobreirritados en una ciudad y con el sistema de trabajo y consumo actuales. Cuando crezcan podrán elegir su propio camino y estoy segura que estarán mucho más preparados para la vida que los que han sido castrados en las escuelas convencionales. De hecho, en los casos que conozco que han tomado esta opción, es asi.

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