El lobo en su hábitat

Hace tiempo publicamos el ahora ya muy conocido vídeo de Sustainable Human sobre la recuperación del lobo en el parque nacional de Yellowstone, que explicaba hasta qué punto la vuelta de este animal, que en principio pasa desapercibido y sin llegar a sobrepasar un cierto número de ejemplares, reducido en relación al resto de especies del parque, puede cambiar el paisaje o, mejor, recuperar el original.
Es indudable que no es lo mismo Yellowstone, donde la afectación del ser humano es prácticamente inexistente, que unos espacios explotados por el mismo, aunque salvaguardando el medio ambiente como es el caso de Asturias, con seis espacios naturales declarados por la Unesco como Reservas de la Biosfera, y la Reserva Integral de Muniellos dentro de uno de ellos.
El lobo y el ser humano son parte del sistema que regula la naturaleza porque son parte de ella. Todo lo que la integra es necesario para su supervivencia, sea animal, vegetal o mineral; sin embargo, en ciertos sistemas unos animales y vegetales pueden considerarse más necesarios que otros. En este caso hablaremos del lobo, por ser uno de los principales depredadores para mantener el equilibrio; pero sin olvidar el que para nosotros es el más importante, el ser humano y también su correlación con el anterior.

Asturias es una de las regiones españolas con más lobos de España, por los kilómetros cuadrados que tiene, por lo cual, también una de las que más discutidos son. Para entender la situación hemos de introducirnos en la geografía asturiana, muy parecida a la Cántabra, pero con menos habitantes por kilómetro cuadrado.
Asturias tiene cerca de 1.034.000 habitantes, 97,14 por Km2, muchos menos si calculamos lo abrupto del territorio, de los cuales más de 700.000 viven en el triángulo formado por los vértices de Mieres, Gijón y Avilés. El resto de la población, unas 300.000 personas, vive muy dispersa en una región abrupta y de grandes proporciones, concentrada además en pequeñas poblaciones rodeadas de grandes extensiones de bosque y de matorral, muchas veces inaccesible para el ser humano. Estas grandes zonas abruptas e inaccesibles son, sin duda, el territorio por donde campa tanto el lobo como el oso, los grandes depredadores finalistas, indispensables para la conservación de este maravilloso ecosistema.
Alrededor de las poblaciones y en zonas mucho más abiertas, en prados y en las riberas de los ríos, el rey y gran depredador es el ser humano. En estas zonas vive, cultiva y pastorea su ganado. Para llegar a ellas necesita senderos y pistas que atraviesan y trocean la tierra del lobo y del oso.
El ser humano ha poblado el norte de España desde al menos hace 100.000 años. Y aunque sus restos se hallen diseminados por infinidad de cuevas, lo más probable es que también habitara en las cumbres y los valles, en las riberas de los ríos, y en colonias cercanas a la costa, cerca de la desembocadura de esos. Fuera de las cuevas es muy difícil sino imposible que se conserven restos de sus asentamientos, por la constante y rápida erosión del terreno.

Muchos movimientos ecologistas tratan al ser humano como un intruso del ecosistema, y por supuesto lo es en cuanto no sabe interaccionarse con él, pero en cualquier caso es parte y lo ha sido siempre. El ser humano ha cultivado, cazado, pescado y pastoreado desde hace muchos miles de años. Para llegar a sus poblados necesitaba construir caminos y vadear ríos, aprovechando seguramente los pasos de los cientos de animales salvajes, que con su intuición y multitud de pisadas los construían en los mejores sitios. El ser humano tuvo que crear grandes claros en el bosque para guardar y alimentar su ganado, tuvo que desbrozar el bosque de ribera para llegar a los ríos y con la poda conseguir combustible de rápido uso y alimento para su ganado. Para ello el ser humano tuvo que desplazar a otras especies que indudablemente competían con él los mismos espacios y bienes de consumo. Y, no nos engañemos, actualmente todavía seguimos formando parte de él, al condicionarlo, sufrirlo y disfrutarlo.
En toda la cordillera cántabra y astur podemos encontrar fósiles de restos de mamuts y de grandes rumiantes. La jirafa y sus ancestros habían proliferado en toda la península, también elefantes y muchos otros animales que en sus ecosistemas podan los árboles y desbrozan el sotobosque, principalmente en la ribera de los ríos y lagos. Y tal como ahora está pasando en África, la irrupción del ser humano forzó la extinción de esos animales desplazándolos a zonas donde poco a poco se fueron extinguiendo.

Al contrario de lo que muchos grupos ecologistas piensan, la desaparición del ser humano de algunas zonas no facilitará un aumento de la riqueza en el ecosistema, quizá si al principio y muy visualmente, al desaparecer pistas y aumentar considerablemente la vegetación, en el punto de cubrir los ríos y riachuelos hasta hacerlos desaparecer a la vista.
¿Qué podemos conseguir con eso?
La desaparición del ser humano en el ecosistema de la cordillera, junto al abandono de las pequeñas explotaciones de cultivo y de pastoreo ya está cambiando la relación entre las poblaciones animales y vegetales, así por ejemplo el abandono del cultivo de cereales ha supuesto la casi total desaparición de las perdices o de las liebres. La desaparición de la ganadería caprina está provocando el aumento de las zonas boscosas, con una disminución importantísima de las áreas mixtas de pastos y de matorral; la falta de intervención en los ríos, pérdidas de estacada de riego y el abandono de la poda del bosque de ribera, ha hecho al río mucho más sombrío y con menos materia orgánica, por lo cual la población truchera y la del desmán ibérico han disminuido sustancialmente . Además sus depredadores naturales también han aumentado, como la garza, la nutria y el cormorán. El abandono de la caza de los mustélidos, como la comadreja o el tejón, que hasta hace poco eran muy apreciados por su piel, ha provocado una importante disminución de urogallos, antiguamente tan fáciles de ver para los excursionistas.

En el momento que eliminamos un animal, vegetal o mineral, el equilibrio del ecosistema se rompe y se tambalea. Y si este animal es el que más incidía sobre él, en este caso el ser humano, que con su invasión había desplazado las especies que hacían su misma función, el ecosistema puede entrar en fallida.

Este artículo estaba destinado al lobo asturiano, y lo importante de su defensa; sin embargo, a medida que avanzábamos en su estudio, hemos descubierto que no solo tiene mucho que ver si interacción con el ser humano, con sus pastos, el turismo y la cinegética, sino que tampoco podemos centrarnos en una sola región, La situación y supervivencia del lobo en Asturias tiene mucho que ver con la de Zamora, de Galicia o de Cantabria.

De un tiempo a esta parte estamos viviendo una brutal ofensiva contra el lobo, que curiosamente se centra en los lugares donde menos afectación tiene. Si nos centramos en Asturias y estudiamos el mapa del lobo en esta región, descubrimos que, excepto en algunos lugares muy concretos y especialmente abruptos, el número de lobos por zonas es muy reducido; sin embargo, su afectación es severa o parece serlo, quizá por la falta de ayudas o el excesivo celo de la administración, que apenas cubre los posibles destrozos que causa, y cuando lo hace es tarde y mal
El lobo es como cualquier otro animal, para su desarrollo y su salud necesita viajar y cruzarse genéticamente con otras familias, es decir evitar la consanguinidad. Por eso cuando en toda una comarca contabilizamos dos o tres lobos no es ninguna buena noticia, esos lobos no tienen ningún aliciente por abandonarla y, por tanto, de cruzarse con otros de su especie. El lobo puede llegar a vivir quince años con cierta comodidad, sin embargo, actualmente es difícil encontrar animales adultos de más de cinco años, siendo los más comunes de tres años. Es evidente que con esta corta edad es muy difícil que un lobo se desplace más allá de su territorio de nacimiento. Mantener sus hábitos de caza también es muy importante. El lobo, como cualquier otro animal, tiende a buscar su alimento con el menor riesgo posible, y, por supuesto, cazar una oveja en un cercado lleno de ellas, es mucho menos arriesgado que enfrentarse a una familia de jabalíes o correr tras una cabra montesa. El lobo necesita cazar, no cosechar, que es lo que hace en los cercados, por lo cual, el ganadero tiene que guardar sus animales en cercados muy bien construidos y defendidos. Un lobo preferirá arriesgarse en el monte antes que enfrentarse a una sólida y electrificada valla, y a un par de mastines. Y es evidente que el ganadero, principal beneficiario de la presencia del lobo aunque no lo perciba, no tiene por qué asumir el coste.

Los ataques del lobo afectan gravemente a la economía de los ganaderos, sin embargo, si contamos el número de esos ataques en relación a la cantidad de ganado, no podemos tratarlo como un grave problema. La solución no pasa por eliminar un animal tan necesario sino gestionar el problema con diligencia y buena colaboración.
Nadie conoce el número de lobos que hay en España, algunas estimaciones oficiales hablan de entre 2.500 y 3.000 ejemplares. La realidad es bien distinta si calculamos los lobos que anualmente son cazados con respecto a su capacidad reproductiva. Según las estimaciones de algunos profesionales independientes, como Carlos Soria y Marta Cruz Flores, que no cuentan dos o tres veces la misma camada y no las multiplican por siete ejemplares sino cinco, que es la cifra más común, su número no pasaría de los 1.200 animales, eso siendo muy generosos. Para que nos hagamos una idea de la situación del lobo, el pasado año fue exterminada la última manada que quedaba en Euskadi, mientras que en algunas comarcas de Castilla, la administración, junto con los ganaderos, se jactan de haber conseguido “zonas libres de lobo”, como por ejemplo Vitigudino. En otras los naturalistas que intentan censar de manera independiente el número de lobos, como hace poco sucedió en la sierra de Culebra, son amenazados por los guardas con sanciones. El pasado año se contabilizó la muerte por cacería o atropello la asombrosa cantidad de 618 lobos, a los que hay que sumar los que mueren por enfermedad o accidente natural. Por contra, en Italia, donde se empieza a discutir el problema, se calcula que hay entre 1.500 y 2.000 cánidos. Italia es mucho más pequeña que España y está más poblada. La densidad poblacional española es de 92,11 habitantes por Km2, mientras que en Italia es de 201,3. Los lobos prácticamente se encuentran en los Apeninos (entre 1.400 y 1.700), cuya superficie total es parecida a la de Cantabria y Asturias. Sin duda los italianos han sabido gestionar mucho mejor el tema del lobo, desde su administración hasta sus propios ganaderos.

En 1969 el famoso inventor y naturalista James Lovelok, junto con la bióloga Lynn Margulis, explicaban en la Hipótesis de Gaia, que al ser humano solo le quedaban dos caminos si quería sobrevivir, respetar la naturaleza y adaptarse a ella o convertirse en su jardinero; y es evidente que el último es el más caro y difícil, tanto que por su enorme complejidad quizá sea imposible.

No podemos obviar que el ser humano es el gran deconstructor de la realidad de la naturaleza. El ser humano pretende, tras la transformación padecida por su interés, recuperarla en gran medida o preservar lo que todavía no ha sido alterado, sin terminar de aceptar que es imposible. Un paraje sin alterar, prácticamente deshabitado, con verjas y guardas que lo vigilan, no deja de ser un territorio aislado artificialmente. A su alrededor, en parajes necesarios para mantener el equilibrio y la renovación genética de las especies que habitan en el cercado parque natural, el ser humano ha creado su propio ecosistema, quizá satisfactorio para tranquilizar su inquietud, pero que afecta decisivamente al que trata como natural y salvaje.

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