La necesidad de los plásticos

Según cálculos de las ONGs que ayudan al desarrollo del cultivo y de la pesca, el 40% de los alimentos que se producen en el tercer mundo se pierde por falta de un buen sistema de envasado, de la logística necesaria para transportarlo con la suficiente rapidez a sus lugares de consumo, o de la posibilidad de mantenerlos refrigerados; pero, en cualquier caso, la carencia de un envasado que lo mantenga en condiciones para ser consumido es primordial. Este 40%, que acaba pudriéndose en las playas, en los vertederos de las aldeas, o abandonado en los campos de cultivo, podría servir para comerciar, evitar hambres a pocos kilómetros o, seguramente, para no explotar el mar y la tierra de manera poco sostenible.

Estamos viviendo una expansión de la industria del plástico como nunca antes se había experimentado, principalmente en los países que más desarrollo económico experimentan, y no tanto en este tercer mundo tan necesitado. Una industria que, a pesar de estar satanizada por muchas asociaciones ecologistas, llevada de una manera inteligente es más necesaria que nunca, salvo que decidimos reducir radicalmente la población mundial, algo imposible a medio plazo, cuando todavía no hemos podido completar el primer paso, que es frenar radicalmente su crecimiento.
Es necesario, por tanto, hacer un esfuerzo para reconciliarnos con el plástico, concienciando a la sociedad, encontrando sistemas de recuperación y de reciclaje más eficientes y menos contaminantes, además de nuevos materiales para fabricarlo, que no causen o mitiguen al máximo la huella de carbono.
Pronto será difícil encontrar una bolsa en el norte de Europa sin la ecoetiqueta Ángel Azul, que demuestra haber sido reciclada. Mientras que por el 2025 la Unión Europea exigirá que el 55% de los envases de plástico sea reutilizable o reciclado. Esto significa que la industria del plástico, al menos la que pretenda más valor añadido, tendrá que adaptar sus sistemas de producción y de comercialización.
También tendremos que trabajar más en encontrar otras utilidades para el plástico, como en la industria del automóvil, fabricando coches, autobuses, aviones, buques y hasta trenes, completamente con los nuevos compuestos de matriz polimérica, más ligeros y resistentes que los metales, evitando así la extracción de minerales y su fundición, reduciendo por un lado la huella de carbono en su fabricación, y por otro el peso y así poder ahorrar energía. Y en la arquitectura y el mobiliario, gracias a las nuevas materias que permiten ser trabajadas como la madera y la cerámica, que dejarán mucha menos huella de carbono o quizás ninguna gracias a la posibilidad de recuperar el CO2 para ser reutilizado en la fabricación de más plástico.
También tenemos que encontrar nuevos materiales para suplir el petróleo, que a medida que se reduzca su extracción, también lo hará la producción de plástico. La universidad de Jaén, por ejemplo, investiga junto El Centro Tecnológico del Plástico, la creación de un bioplástico, es decir cambiar las fibras de carbono por el residuo de la poda de los sesenta millones de olivos que hay en Jaén, como componente para la fabricación de plásticos de elevada resistencia.
Costará tiempo y dinero, además de la comprensión y complicidad de numerosos movimientos ecologistas; sin embargo, sabemos, tal como explicábamos hace tiempo, que la desaparición del plástico es completamente imposible a medio plazo, al menos hasta que no hayamos eliminado por completo nuestra dependencia del petróleo. Mientras tanto, tenemos que encontrar sistemas de producción y de consumo que salvaguarden el medio ambiente, recuperar el plástico que está contaminando la naturaleza y encontrarle un mejor uso, tal como están haciendo Ecoembes y Ecoalf. La primera promoviendo la captura, mediante 160 barcos de pesca de la zona levantina, de los plásticos que se encuentran en el mar; mientras que la segunda los separa y los convierte en un hilo muy resistente que se utiliza para fabricar tejidos.

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